La Ciudad Prohibida

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El Marqués de Anglestone encontró la manera de escapar del enredo en el que quería envolverlo Lady Hester, quien pretendía hacer creer a todos que el niño que iba a tener era de él... algo totalmente falso.
La forma de escapar consistía en aceptar … weiterlesen
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Produktdetails

Titel: La Ciudad Prohibida
Autor/en: Barbara Cartland

EAN: 9781782132875
Format:  EPUB
Sprache: Spanisch.
Barbara Cartland Ebooks ltd

1. März 2013 - epub eBook - 198 Seiten

Beschreibung

El Marqués de Anglestone encontró la manera de escapar del enredo en el que quería envolverlo Lady Hester, quien pretendía hacer creer a todos que el niño que iba a tener era de él... algo totalmente falso.
La forma de escapar consistía en aceptar una apuesta en la que el Marqués se comprometía a entrar a la Meca.
Como viajó a Egipto y posteriormente a un oscuro puerto de Arabia Saudita, guiado por un jovencito llamado Alí y como descubrió el noble inglés el secreto que rodeaba al joven árabe, es relatado en esta fascinante novela de Barbara Cartland.


*Originalmente publicada como

-La Ciudad Prohibida por Harlequin Española S.A.
-...................................... por Hermex S.A. de C.V

Portrait

Colección Eterna debido a las inspirantes historias de amor, tal y como el amor nos inspira en todos los tiempos. Los libros serán publicados en internet ofreciendo cuatro títulos mensuales hasta que todas las quinientas novelas estén disponibles.
La Colección Eterna, mostrando un romance puro y clásico tal y como es el amor en todo el mundo y en todas las épocas.

Leseprobe

Capítulo 2


EL Marqués salió de Londres por la mañana muy temprano y Lord Rupert fue el único que fue a despedirle. Hablaron durante unos minutos en el vagón privado del Marqués que había sido enganchado al tren de Dover.

—¿Cuándo te volveré a ver? —le preguntó Lord Rupert. Habló con desesperación, pues intuía que su amigo se embarcaba en una aventura muy peligrosa, sin tener en cuenta que podía costarle la vida.

—Volveré tan pronto como me sea posible —respondió el Marqués.

—Quieres decir cuando Hester se dé por vencida —observó Lord Rúpert como si hablara consigo mismo.

El Marqués le respondió con voz firme:

—Si es verdad que va a tener un hijo, tendrá que encontrar un esposo muy pronto.

Los ojos de Lord Rupert se iluminaron como si no hubiera pensado en eso antes. Luego preguntó:

—¿Cómo podré ponerme en contacto contigo?

—Esa es una pregunta difícil de responder —contestó el Marqués—. Me parece que enviarme una carta poniendo Arabia como dirección no es muy buena idea.

Lord Rupert se echó a reír.

—¿Qué harás con el yate?

El Marqués pensó un momento antes de contestar:

—Sabemos que los Cables Submarinos ya ponen en contacto a todas las ciudades británicas así como a Alejandría, Puerto Sudán y Aden. Yo le diré a mi Capitán que los utilice.

—Lo único que puedo desearte es que espero que vuelvas sano y salvo —exclamó Lord Rupert.

—Yo también —señaló el Marqués con una leve sonrisa. E
l Halcón del Mar
, nombre asignado al Yate del Marqués se encontraba ya en Dover, listo para zarpar en cuanto que su dueño subiera a él.

Su Secretario había enviado un mensaje por medio del tren de media noche informando al Capitán del inesperado viaje del Marqués.

Por lo tanto, el Yate había sido preparado para su llegada y al Marqués le fue imposible encontrar nada de qué quejarse.

Le informó al Capitán que se dirigían a Alejandría. Una vez que salieron del Puerto, dadas las condiciones climatológicas, el Marqués no tuvo mucho tiempo para pensar en su situación.

Cuando atravesaron el Golfo de Vizcaya, hubo un momento en que el aristócrata pensó que era probable que ni siquiera llegaran al Mediterráneo, y menos aún a La Meca.

En Gibraltar le estaba esperando un telegrama. Lo abrió y leyó lo siguiente:

 

Tus planes van de maravilla. H. estupefacta ante la noticia.

Club no habla de otra cosa. Les he pedido ser discretos por

tu seguridad. Te extrañamos,

Rupert.

 

El Marqués sonrió de satisfacción.

De inmediato rompió el telegrama, pues pensó que no era prudente conservarlo.

Cuando el Yate entró en el milenario Puerto de Alejandría, el Marqués deseó haber tenido a alguien con quién hablar acerca de la historia de Egipto.

Le hubiera gustado tener un compañero que estuviera tan interesado por las Pirámides, los Faraones y la Historia del Nilo como él. Bajó a tierra para estirar las piernas.

Tuvo que abrirse paso a través del habitual grupo de mendigos que le pedían monedas y de los vendedores ambulantes que sacaban toda clase de baratijas de sus bolsill
os.

Cuando volvía al Puerto, vio a un hombre que le resultó conocido.

—¡Dios mío, si es Anglestone! —exclamó el Mayor John Anderson—. Eres la última persona que yo esperaba encontrarme en Egipto.

—No sé por qué —respondió el Marqués.

El Mayor Anderson rió:

—Creía que estabas demasiado ocupado atendiendo al Príncipe de Gales y escoltando a las mujeres más bellas de Londres.

—Pues te equivocabas. Aquí me tienes —dijo el Marqués. No tenía la menor intención de decir la verdad a su amigo. —He pensado que sería interesante conocer el Canal de Suez —comentó—, y también pasar algún tiempo en El Cairo.

—Allí es donde yo he estado —respondió el Mayor Anderson—, y si vas a El Cairo te sugiero que hables con Tony Burton. Lo encontrarás en el Hotel Shepherd's.

El Marqués pensó que si había alguien a quien deseara ver en aquellos momentos era al escritor. El no había leído su libro, Narraciones personales de un peregrinaje a Medina y La Meca, que había sido publicado en 1855.

Una vez que se hicieron a la mar pensó que había sido muy descuidado al no haber incluido una buena colección de libros en su equipaje. Debería leer algo acerca de las tierras que pensaba visitar, sobre todo de La Meca.

De pronto, le pareció que la información que John Anderson le acababa de dar era profética. Parecía que los propios dioses le estaban echando una mano para conformar su destino.

—¿Estás seguro de que aún encontraré a Burton en El Cairo? —preguntó el Marqués.

—He estado con é
;l hace tres días —respondió el Mayor Anderson—, y tengo entendido que no piensa moverse hasta que no consiga un permiso para buscar oro en alguna parte de Madián.

—Entonces debo de ir a verle —dijo el Marqués.

—A propósito —añadió el Mayor—, Burton está registrado como el Doctor Abdullah al Pathan.

De regreso a su Yate, el Marqués dijo a su Ayuda de Cámara que le preparara el equipaje y dos horas más tarde se encontraba a bordo de un Tren rumbo a El Cairo.

El Cairo era un lugar donde si se permanecía suficiente tiempo se podía ver a todas las personas conocidas que en esos momentos se encontraban en él.

El Marqués llegó al Hotel y al enterarse de que el Doctor Abdullah se encontraba allí, le envió una nota en la que le invitaba a reunirse con él en su suite.

Mientras esperaba la respuesta se puso a repasar mentalmente lo que sabía acerca de él. Era consciente de que Burton era uno de los hombres más especiales y ciertamente más extraordinarios de todo el mundo. Como incansable explorador, había visitado muchos países extraños y escrito muchos libros acerca de ellos.

El Marqués recordó cómo la gente había hablado con entusiasmo de un libro de Burton cuyo tema era Goa y las Montañas Azules y otro titulado La Cetrería en el Valle del Indus. Asimismo, recordaba haber leído recientemente un libro cuyo título era Dos Viajes a la Tierra de Corila y pudo recordar también que el Primer Ministro, Gladstone, había hablado muy bien del relato de Burton acerca de Las Montañas Rocosas y California.

En muchos círculos se decía que lo que Burton había escrito ac
erca del Valle del Nilo era un clásico.

Burton también era un excelente Soldado, Inventor, Arqueólogo, Antropólogo y Lingüista. En cierta ocasión se comentó que podía hablar veintiocho idiomas y alguien más dijo que uno de ellos era la pornografía. Mientras esperaba una respuesta a su invitación, el Marqués se sintió tan emocionado como un escolar.

Estaba ansioso por conocer al hombre que había arriesgado su vida, su salud y se había enfrentado a grandes dificultades, sólo para visitar lugares donde ningún hombre civilizado había puesto los pies.

El Marqués era lo suficientemente inteligente como para comprender que había muchos grandes hombres para quienes el peligro constituía una emoción.

Por eso no le sorprendió que Burton deseara salir a buscar oro en Madián a pesar de sus cincuenta y nueve años de edad. La puerta del Salón de la suite se abrió y Burton entró. El Marqués pensó que, tal como esperaba, ningún otro hombre hubiera podido ser más imponente.

Burton llevaba puesto un albornoz y estaba maquillado con henna. Pero sus ojos extraños e hipnóticos, sus pómulos salientes, los largos bigotes y su figura delgada y atlética le hacían parecer un personaje de Cuento de Hadas.

Cuando se estrecharon la mano, el Marqués sintió el deseo de vivir que emanaba de él.

Podía percibir su innata alegría en cada palabra que pronunciaba.

—He oído hablar de usted, Señoría —dijo Burton—, y creo que sus caballos son maravillosos.

—Pues yo también he oído hablar acerca de usted, Señor Burton —respondió el Marqués—, y le deseo el mayor
de los éxitos con su nuevo libro que creo está a punto de ser publicado.

—El Kasidah va a aparecer en una edición particular y espero que cuando Su Señoría lo lea opine como yo, que es de lo mejor que he escrito.

—Estoy ansioso por leerlo —declaró el Marqués con una sonrisa—. Mientras tanto le agradeceré con todo mi corazón que me preste ayuda.

Le señaló una silla y Burton se sentó y aceptó una copa de champán.

—¿En qué puedo ayudarle? —preguntó él.

—Quiero imitar su ejemplo —respondió el Marqués— y... ¡entrar en La Meca!

Burton miró al Marqués sorprendido.

—¿Es una broma? —preguntó.

—No, hablo totalmente en serio —respondió el Marqués—. Y me sentiré muy orgulloso de poder seguir sus pasos.

—¡Pero eso es imposible, mi querido joven! —exclamó Burton.

—¿Por qué? —preguntó el Marqués.

—Simplemente porque le descubrirían antes de que pudiera entrar en la Mezquita.

El Marqués apretó los...


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