Un amigo en la ciudad

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Andrés está enamorado de Gretchen, la misma joven rubia con la que se metía en líos cuando ambos pertenecían a la tribu urbana de los góticos, y con la que ahora vive y tiene una hija. Pero un día nota que ha cambiado su percepción de ella y no solo … weiterlesen
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Produktdetails

Titel: Un amigo en la ciudad
Autor/en: Juan Aparicio Belmonte

EAN: 9788415803355
Format:  EPUB
Sprache: Spanisch.
Siruela

11. März 2013 - epub eBook - 176 Seiten

Beschreibung

Andrés está enamorado de Gretchen, la misma joven rubia con la que se metía en líos cuando ambos pertenecían a la tribu urbana de los góticos, y con la que ahora vive y tiene una hija. Pero un día nota que ha cambiado su percepción de ella y no solo de ella sino también de sus amigos, de su trabajo y de su hija. Al emprender una aventura en pos de una solución descubre paulatinamente que su ciudad, Madrid, también se ha vuelto extravagante y que el pasado y el futuro no están dónde él pensaba. Solo un inesperado amigo podrá dar sentido a su particular confusión, a su particular lucidez.

Portrait

Juan Aparicio Belmonte (Londres, 1971) colabora con diversos medios de comunicación y es profesor en la escuela de escritura creativa Hotel Kafka y humorista gráfico en superantipatico.blogspot.com. Ha escrito las novelas Mala Suerte (2003), que ganó el I Premio de Narrativa Caja Madrid y el III Premio Memorial Silverio Cañada, que se otorga en la Semana Negra de Gijón, López López (2004), El disparatado círculo de los pájaros borrachos (2006), XII Premio Lengua de Trapo de Novela y elegida por el periódico El Mundo como una de las diez mejores del año, Una revolución pequeña (2009) y Mis seres queridos (2010), galardonada con el II Premio Bubok de narrativa. Su obra ha sido traducida al francés y al italiano.

Leseprobe

6


En nuestra luna de miel se produjo mi primer enfrentamiento serio con Gretchen, fue una señal de lo que sería nuestra convivencia marital cuando nos conociéramos mejor. Habíamos hecho todo lo que se supone que debe hacer una pareja de turistas en viaje de novios por India: visitar el Taj Mahal, callejear por Nueva Delhi entre bicicletas, motos y autobuses destartalados, entre olores nuevos y no siempre agradables, y comer polvo, el polvo de los caminos; habíamos soportado con buen talante el asedio de niños sucios y desdentados, dolorosamente alegres y suplicantes; habíamos obtenido la visión dura de los tullidos, y el regalo mentiroso de los vendedores, aquellas sonrisas suyas, sonrisas como la mía cuando voy a vender los batidos en polvo a algún cliente y muestro mis dientes cada vez menos blancos; habíamos presenciado las ceremonias alrededor del río Ganges, tan repulsivo, en una de las cuales creímos participar pagando a un indio de rostro picado de viruela, menuda farsa, y habíamos asumido con una resignación beatífica el ataque de los insectos, inaceptable agobio si lo hubiéramos sufrido en Madrid; habíamos notado y comentado con agrado la vitalidad de los indios y también nos habíamos conmovido al presenciar escenas de pobreza nunca vistas por nosotros, como un niño escuálido bebiendo agua del río igual que un perrito abandonado. Habíamos disfrutado de la India gracias a que no éramos indios y podíamos volver a casa, conscientes de que la diarrea y el ardor de estómago serían pasajeros.

–No es verdad, Pir, esta gente parece realmente feliz... –replicaba Gretchen ante mis observaciones pesimistas.

Una noche huimos de unos huelguistas que asaltaron nuestro rickshaw para vengarse del condu
ctor, al parecer un esquirol, en una negrura apenas discutida por la claridad de algunos toldos que, en la frenética evasión, nos rozaban los hombros desde las fachadas de las casas ocultas. Manos y pies nos tocaban y se interponían entre nosotros sin que apenas los viéramos. El temblor del vehículo y el ruido de las voces nos hablaban de la pelea de nuestro conductor contra los asaltantes y Gretchen y yo pedíamos clemencia, pero clemencia para nosotros que estábamos aterrados. El movimiento del vehículo se hizo más trepidante, aceleró y frenó, volvió a acelerar y pareció que caíamos por un precipicio. No fue así. Pero por fin habíamos volcado.Y tocábamos algo seguro con las manos, tierra blanda y grimosa, pero tierra al fin y al cabo. Nos arrastramos por el fango hasta reconocernos en la oscuridad y hallar refugio junto a un muro de adobe. Yo quise decir algo que tranquilizara a Gretchen, que respiraba con agitación, o tal vez algo que demostrara mi temple, mi valentía; sin embargo, aunque no lloré como en el entierro de mi padre, la voz no me salió y de nuevo fue ella quien demostró más entereza.

–Ya está –me dijo–. Tranquilízate, Pir, ya ha pasado todo.

Por fortuna, los asaltantes, convertidos en una masa informe y ruidosa, se alejaron de nosotros arrastrando a su víctima entre bofetones.

El vehículo, a lo lejos, era destrozado por los huelguistas, y el conductor, zarandeado entre crueles risotadas, lloraba con un pánico verdaderamente conmovedor. Echamos a correr de la mano, pero no tanto por miedo a aquellos asaltantes que nada tenían contra nosotros, según nos hicieron ver con gestos elocuentes, como por miedo a presenciar la paliza inminente que iba a recibir aquel hombre que pasaba violentamente de unos brazos a o
tros como un muñeco de trapo en poder y bajo el capricho de unos críos sanguinarios. De haber presenciado la paliza, la aventura se habría transformado en algo duro, real, y habría dejado de ser la película hermosa que creíamos estar protagonizando en aquel país exótico.

–Qué felices son en la India –dije cuando me sentí a salvo.

–Tu ironía, ahora, no es adecuada,Andrés –respondió Gretchen, cortante.

Pero el viaje se estropeó al día siguiente, cuando ella se empeñó en que debíamos tirarnos en paracaídas tal y como nos ofrecía un comercial muy pesado y sonriente que andaba siempre por el vestíbulo del hotel intentando camelar a los turistas. Yo me había licenciado en filología y ella en derecho, maldita sea, es decir, yo era sedentario, me gustaba leer novelas de ciencia ficción para viajar lejos sin moverme del sofá o la cama, y ella era aventurera, le gustaba creer que se podía hacer justicia en los tribunales y, peor aún, en el mundo. Así que fuimos a un descampado de las afueras de Nueva Delhi y montamos en aquella avioneta comandada por un tipo gordísimo y albino. Tardamos mucho en llegar a los 4.500 metros de altitud necesarios para dar el salto, y lo hicimos dando vueltas con el motor rugiendo con aparente cansancio. Mientras los indios charlaban despreocupados, nosotros nos manteníamos en silencio. A veces, uno de ellos me miraba y sonreía, y le decía algo al otro monitor o al piloto, y los tres celebraban el comentario con carcajadas desagradables.

–Venga, Pir, que es solo un salto, ya verás qué bien te sientes luego –me dijo Gretchen forzando la sonrisa–. El subidón de adrenalina te limpia por dentro. Lo dice todo el mundo. Ya verás.


–Yo soy licenciado en filología, yo no soy un aventurero como tú, Gretchen.

–Confía en mí, por favor, Pir, ya verás cómo lo disfrutas.

Cuando llegamos arriba yo estaba mareado. El motor paró y escuché el tambor de mi corazón como una señal de desastre. Vi a Gretchen suspendida en el vacío, preparada para el salto. El cielo entero, azul y venenoso, se extendía delante de mi mujer como un magma vivo y codicioso que deseara alimentarse de su carne y de la mía.

–Joder –exclamé una y otra vez, como si mi voz hubiera sido secuestrada por esa palabra.

El monitor, pegado a la espalda de Gretchen, parecía concentrado y su mono blanco, igual que el de ella, retemblaba con el viento. Gretchen me hizo el gesto de la victoria, sonrió con intención de disimular su nerviosismo y desapareció por el hueco dejándome sin aliento.

Entonces llegó mi turno, pero no quise saltar y retrocedí como un cangrejo, con el instructor a la espalda empujándome hacia el abismo.

–Joder, no quiero, joder.

Forcejeé entre las mochilas y los bártulos tirados en el suelo frío de la avioneta y logré evitar el salto cuando el indio se convenció de que mi histeria era peligrosa. Se desenganchó de mí y me señaló un rincón, donde me senté con la cabeza entre las piernas como un niño caprichoso que se sale con la suya con enfado y remordimientos. Descendimos lentamente, en un silencio que solo rompió el monitor para mascullar incomprensibles imprecaciones que el piloto albino acompañó con asentimientos de cabeza y gestos despectivos hacia mí. Al llegar abajo vi venir a Gretchen con el mono blanco aún puesto, reluciente por el efecto del sol. Venía con una son
risa enorme en su rostro embellecido por la alegría. Su cabello era oro que brillaba como su entusiasmo, un entusiasmo al que no pude responder como me habría gustado y que hizo más doloroso y evidente mi fracaso.

–¡Qué maravilla! ¿Te ha gustado, Pir? ¿Te ha gustado? No me digas que no es toda una experiencia. ¡Es como nacer de nuevo! ¿Y cuando se abre el paracaídas? Es como si Dios existiera... ¡Quiero volver a saltar!

Si el salto suponía un triunfo sobre el miedo, una liberación mental y emocional, una inyección de adrenalina que aligeraba el peso moral con el que todos cargamos, el no­salto supuso una derrota humillante, el agarrotamiento personal, el empecinamiento en lo que yo tenía de malo o peor, en los complejos y las inseguridades.

–No he saltado –confesé con vergüenza–. No pude.

Su rostro cambió de color, como lo hacía el de mi padre cuando yo me negaba a echar un pulso con el hijo del dueño de su bar preferido.

Los indios nos gritaban. Se movían a nuestro alrededor. Hacían gestos feos. Gretchen me defendió para mayor bochorno mío. No, no, lo que yo había hecho no se podía hacer, había puesto en peligro mi vida y la del saltador, decían los monitores. Nos aseguraron que estudiarían pedir una indemnización por mi comportamiento. Con el forcejeo entre el monitor y yo, nos dijeron, pudo haberse dañado el paracaídas y nosotros caer libremente hasta estrellarnos contra el suelo. Jamás habían tenido un cliente como yo.

–Todo fue por tu culpa, maldita sea –le dije a Gretchen en el hotel.

–Andrés, no pasa nada, no has saltado y ya está. No le des más vueltas, por favor.

–Pero yo no quería subir a esa a
vioneta, maldita sea, yo quería hacer turismo normal, no eso, y tú me obligaste... Aún a sabiendas del vértigo que tengo.

–Yo no te obligué a nada, Andrés, solo que me pareció buena idea... Pasemos página, ¿quieres?

–Insististe mucho, una y otra vez... Y yo no quería, y ahora no puedes comprender mi humillación. Tendré que cargar con ella toda la vida. Esos indios se burlaban de mí con una crueldad atroz... Seguro que aún se están riendo.

–¿Qué humillación, Andrés? No digas tonterías. Y los indios han reaccionado muy bien, podrían haberse enfadado mucho más.

–¿Ves? Tú también lo piensas... Eres una cínica.

–Mira, Andrés, déjalo ya.

–¡No pienso dejarlo, Gretchen! ¡Yo soy el hombre, maldita sea, el hombre!

...

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