Drácula articula, mediante diarios, cartas, telegramas y recortes periodísticos, una narración epistolar de notable precisión dramática: el avance del conde transilvano hacia la Inglaterra victoriana y la respuesta racional, médica y moral de quienes lo enfrentan. Su estilo combina el folletín gótico con una modernidad documental, donde superstición y ciencia -hipnosis, transfusiones, fonógrafo- conviven en tensión. En el contexto finisecular, la novela condensa ansiedades sobre sexualidad, degeneración, imperialismo inverso y fragilidad de las instituciones burguesas. Bram Stoker, irlandés nacido en 1847, fue administrador del Lyceum Theatre de Londres y colaborador cercano del actor Henry Irving, experiencia que afinó su sentido escénico del suspense y la presencia carismática. Su interés por el folclore, las leyendas centroeuropeas y los debates contemporáneos sobre medicina, criminología y espiritualismo nutre la figura de Drácula. Aunque no inventó al vampiro literario, Stoker lo transformó en un mito moderno, aristocrático, erótico y profundamente simbólico. Recomiendo Drácula no solo como clásico del terror, sino como obra clave para comprender la imaginación cultural del siglo XIX tardío. Su lectura recompensa tanto al amante de la intriga sobrenatural como al lector atento a las tensiones históricas, científicas y morales que laten bajo cada escena.