Matéo nació en 1917 en Barcelona, España, donde su familia, se refugió después de haber recorrido muchos países del Este y Oeste de Europa, tratando de escapar de la Primera Guerra Mundial. Algunos años más tarde, en 1920, sus parientes se instalaron en Francia, inicialmente como nómadas, sin domicilio fijo, después, ya sedentarizados vivieron en barracas de madera en Pantin, cerca de Paris, en lo que aún se llama «la zona».
Su padre, era un rom kalderash (calderero) que había salido de Rusia con toda su familia (alrededor de 200 personas) al comienzo del siglo XX para huir de los bolcheviques. Su madre, provenía de una familia de manouches de Francia. Antes de esto, sus ancestros habían vivido durante cinco siglos como esclavos en Moldavia y en Valaquia, principados de la actual Rumanía. Matéo nunca pisó una escuela. Su padre, que era calderero, hablaba mal el francés y su madre, era artista de circo, y analfabeta. A los cinco años él ya hablaba varios idiomas, pero no sabía escribir porque nadie le había enseñado. Su padre, que sabía leer y escribir un poco, le enseñó a contar (importante para el trabajo) y después le enseñó a escribir las letras del alfabeto. Esa fue toda su instrucción. El resto, lo adquirió solo. Totalmente autodidacta, se alimentó de todo lo que caía en sus manos: periódicos, revistas, novelas de baja calidad y de grandes autores clásicos.
Su madre murió cuando él tenía ocho años y su padre murió algunos años después. A los 14 años, era el mayor de cinco niños y tuvo que trabajar para alimentar a sus hermanos y hermanas. Inicialmente trabajó como calderero, igual que su padre. A la edad de diecisiete años, lo casaron con una mujer mayor que él, con la que tuvo un hijo, Bourtia. Pero el matrimonio salió mal, Matéo se separó y se distanció de su familia rom. En 1935, luego de esa separación, Matéo partió en busca de la familia manouche de su madre, que viaja en caravana por el centro de Francia. Durante dos años, compartió la vida nómada con sus tías y tíos maternos y con sus primos. Fue a la vez feriante, vendedor ambulante y lo mejor: proyectaba cine de manera itinerante en diversas aldeas. El cine fue su nueva pasión y descubrió, entre otros, las películas de Harold Lloyd, Buster Keaton y Charlie Chaplin. Mas tarde colaboraría primero como figurante, y luego como asistente de figuración en numerosas películas.
En esta época, cuando él tenía 21 años, un hecho dramático lo llevó a la escritura. En Auvergne, cerca de Clermont-Ferrand, dos familias manouches se enfrentaron violentamente por el honor de una joven. Una de esas familias era la de Matéo. Hubo numerosos heridos y varios muertos. Matéo, como otros miembros de su clan, fue arrestado y puesto en prisión bajo la acusación de asesinato colectivo. Pero Matéo no había matado a nadie, solo trató de proteger a los suyos. En la cárcel, Matéo escribe una carta a su abogado, un joven becario llamado Jacques Isorni. El abogado, sorprendido por la desenvoltura con la que se expresaba por escrito el joven gitano, le pide que cuente con detalle su versión de los hechos para poder fundamentar su defensa. Matéo lo hizo y en algunos folios describió lo sucedido esa trágica noche. El abogado Isorni, impresionado por la personalidad de Matéo, presiente que se halla ante un narrador genuino, talentoso y posiblemente, un escritor. Le provee papel y lápices y lo anima a aprovechar su encarcelamiento para escribir. Finalmente se desestimó el caso, pero la detención provisoria duró tres meses durante los que Matéo no cesó de escribir todo lo que se pasaba por su cabeza: su propia historia, la de su familia, crónicas y poemas y, sobre todo, su primera novela Les Ursitory, que solo fue publicada varios años más tarde a causa de la guerra: era 1938 y ya se podía oír en Europa el ruido de las botas.