Que los muertos descansen en paz

El segundo caso del detective Cooper. Sprache: Spanisch.
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La palabra "ex" marca la vida de Emmanuel Cooper: ex soldado, ex oficial de la policía judicial, ex hombre blanco. Para ganarse la vida, Cooper se dedica a vigilar en secreto el sórdido puerto de Durban. Pero todo cambia cuando el brutal asesinato de … weiterlesen
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Produktdetails

Titel: Que los muertos descansen en paz
Autor/en: Malla Nunn

EAN: 9788415723844
Format:  EPUB
El segundo caso del detective Cooper.
Sprache: Spanisch.
Übersetzt von Clara Ministral
Siruela

21. November 2012 - epub eBook - 354 Seiten

Beschreibung

La palabra "ex" marca la vida de Emmanuel Cooper: ex soldado, ex oficial de la policía judicial, ex hombre blanco. Para ganarse la vida, Cooper se dedica a vigilar en secreto el sórdido puerto de Durban. Pero todo cambia cuando el brutal asesinato de un niño lo obligue a salir de entre las sombras y deba esquivar a la policía para llevar a cabo su propia investigación extraoficial. En poco tiempo se producen otros dos asesinatos similares y Cooper se convierte en el principal sospechoso. Se sumerge en los bajos fondos de Durban en busca de respuestas y descubre que los asesinatos son parte de una conspiración internacional por el control político de Sudáfrica. Con la presión de las nuevas leyes de segregación racial, deberá encontrar al asesino antes de que la policía de Durban le cargue a él con la culpa de esos crímenes.

Portrait

Malla Nunn nació en Swazilandia, en el sur de África, y asistió a un internado para alumnos de raza mestiza hasta que su familia emigró a Australia en los años setenta. Se licenció en la Universidad Western Australia y completó sus estudios con un máster de teatro en Filadelfia. Posteriormente, en Nueva York escribió su primer guión, trabajó en varios rodajes y conoció a su marido, con quien se casó en Swazilandia en una ceremonia tradicional (su dote fue el equivalente al precio de dieciséis vacas). Como cineasta, ha sido premiada con sus tres películas. Actualmente vive en Sidney.

Leseprobe

1


Durban (Sudáfrica), 28 de mayo de 1953

El acceso a la zona de carga del puerto se realizaba a través de una oscura entrada llena de hileras de sucios vagones de carga y vías plateadas. Un grupo de prostitutas blancas orbitaban alrededor de la débil luz de una farola. Las trabajadoras indias y mestizas estaban ocultas entre las sombras, alejadas de la clientela de paso y de la policía.

Emmanuel Cooper cruzó Point Road y se dirigió hacia la zona de carga. Las prostitutas le miraron y la más atrevida, una pelirroja gorda con una estola de piel de zorro despeluchada sobre los hombros, se levantó la falda y le enseñó un muslo enfundado en unas medias de rejilla negras.

–Cariño –le gritó–, ¿vas a comprar o sólo estás mirando escaparates?

Emmanuel se metió en el laberíntico paisaje industrial. ¿Tan desesperado parecía? El agua de mar y el polvillo de carbón se levantaban desde el puerto de Durban y las luces de un transatlántico atracado en el muelle brillaban sobre el agua. Las grúas pórtico se levantaban imponentes sobre la avenida de vagones de carga y una resplandeciente media luna iluminaba el suelo pedregoso. Emmanuel se dirigió hacia la parte central de la zona de carga, por un camino que a esas alturas conocía bien. Estaba cansado, y no por la hora intempestiva. Patrullar el puerto después de la medianoche era peor que ser policía de a pie. Al menos ellos tenían una misión bien definida: hacer cumplir la ley. Su trabajo, en cambio, consistía en presenciar un aburrido desfile de violencia, prostitución y hurtos menores y no hacer nada al respecto.

Pasó por encima del pesado enganche de dos furgones y se metió en el hueco entr
e dos vagones. Una fila de camiones saldría enseguida de la zona de carga como una hilera de hormigas, cargados hasta los topes de whisky, tabaco y cajas de agua de colonia. Ingleses, afrikáners, policías de a pie, policía judicial y policía ferroviaria: las operaciones de contrabando eran el ejemplo perfecto de cómo los distintos cuerpos de las fuerzas del orden eran capaces de colaborar y coordinarse si perseguían un objetivo común.

Abrió la libreta de vigilancia. Cuatro columnas llenaban el papel, pautado con débiles renglones: nombres, horas, matrículas y descripciones de las mercancías robadas. Hasta que había empezado a pasar esas frías noches en la zona de carga del puerto, pensaba que no podía haber nada más aburrido que la espera del desembarco de Normandía. Los nervios y el miedo a las tropas concentradas, la comida insípida y el hedor de las letrinas: había aguantado todo aquello sin protestar. Aquellas incomodidades no eran muy distintas de las que había sufrido en las casuchas de hormigón y estaño de las afueras de Jo’burgo en las que había vivido su familia.

Vigilar a los policías corruptos carecía de la certeza moral del Día D. Lo que pensaba hacer con la información de la libreta el inspector Van Niekerk, su antiguo jefe de la policía judicial de Marshall Square, no estaba claro.

–Dios mío. Oh, Dios mío…

Un débil gemido recorrió la zona de carga, un sonido apenas perceptible llevado por la brisa. Algunas de las chicas baratas del puerto usaban los vagones vacíos después del anochecer.

–Oh…, no…

Esta vez la voz de hombre sonó bien alta y presa del pánico.

Emmanuel sintió un cosquilleo en la piel de la nuca. Sin
tió cómo le invadía el deseo de investigar, pero se resistió. Su trabajo era observar y llevar un registro de las actividades de la red de contrabando, no rescatar a algún ballenero borracho que andaba perdido por la zona de carga. «No te involucres.» En eso el inspector Van Niekerk había sido muy claro.

El zumbido del tráfico de Point Road se mezcló con el ruido de unos sollozos inarticulados. El instinto le atrajo hacia el sonido. Tras un momento de vacilación, se metió la libreta en el bolsillo de los pantalones. Diez minutos para echar un vistazo y después volvería y anotaría las matrículas de los camiones. Veinte minutos como máximo. Se sacó una linterna plateada del bolsillo, la encendió y fue corriendo hacia los almacenes que se levantaban en el extremo nororiental de la zona de carga.

Los sollozos se fueron apagando y a continuación quedaron ahogados: posiblemente el efecto de una mano tapando una boca. Emmanuel se detuvo e intentó aislar el sonido. La zona de carga era inmensa, con kilómetros de vías que recorrían el puerto comercial. La gravilla del suelo se movió y se oyó un grito procedente del frente. Emmanuel puso la linterna en posición de máxima intensidad y apretó el paso. El mundo le pasó por delante de los ojos en forma de imágenes fugaces. Filas de vagones de carga de aspecto fantasmagórico, cadenas, muros de ladrillo cubiertos de mugre y un callejón lleno de sacos de arpillera vacíos. A continuación, un oscuro río de sangre que formaba un signo de interrogación en el suelo.

–No…

Emmanuel apuntó con la linterna hacia el lugar del que venía la voz y el deslumbrante foco iluminó a dos hombres indios. Ambos eran jóvenes, con bril
lantes melenas oscuras que les llegaban hasta los hombros y que llevaban repeinadas hacia atrás. Vestían camisas blancas de seda y trajes satinados y plateados casi idénticos. Uno de ellos, un adolescente delgado con el rostro surcado de lágrimas, se había desplomado sobre la pared trasera del almacén. El otro, que tendría poco más de veinte años, lucía un bigote a lo Errol Flynn y unas pobladas cejas contraídas en un gesto amenazador. Se inclinó sobre el muchacho, poniéndole la mano en la boca para que no hiciera ruido.

–No os mováis –dijo Emmanuel con su voz de policía. Se llevó la mano a su revólver Webley estándar del calibre 38 y tocó un vacío, como un veterano de guerra buscando a tientas un miembro fantasma. El arma más peligrosa que llevaba encima era un bolígrafo. No importaba. El revólver sólo era de refuerzo.

–¡Corre! –gritó el mayor–. ¡Vamos!

Salieron corriendo en direcciones distintas y Emmanuel fue a por el menos corpulento de los dos, que se tropezó y se fue tambaleando hacia el suelo. Emmanuel cogió al muchacho de la manga y le sujetó contra la pared.

–Como vuelvas a salir corriendo, te rompo el brazo –le dijo.

Se oyó el ruido metálico del enganche de dos vagones. El mayor todavía andaba por allí. Emmanuel se quedó pegado al muchacho, hombro con hombro, y esperó.

–Parthiv –gimoteó el chico–, no te vayas sin mí.

–Amal –contestó una voz–, ¿dónde estás?

–Aquí. Me ha cogido.

–¿Qué?

–Tengo a Amal –dijo Emmanuel–. Más vale que salgas de ahí y vengas a hacerle c
ompañía.

El tipo surgió de entre las sombras con los andares arrogantes de un gánster. Llevaba una cadena de oro en el cuello que servía de complemento a su traje plateado y un pesado anillo de filigrana con una piedra de topacio morado en el dedo índice.

–¿Y tú quién coño eres? –preguntó el skollie.

Emmanuel se relajó. Había reducido a matones como aquél a diario cuando trabajaba en Jo’burgo. Antes de los acontecimientos de Jacob’s Rest.

–Soy el oficial Emmanuel Cooper, de la policía judicial –contestó.

Ahora que el Partido Nacional estaba en el poder, la policía se había convertido en la banda más poderosa de Sudáfrica. La pose de matón del indio se evaporó.

–Nombres –dijo Emmanuel cuando tuvo a los dos contra la pared. Ya se ocuparía más tarde del detalle de que no tenía autoridad ni competencia para hacer lo que estaba haciendo.

–Dr. Jekyll y Mr. Hyde –respondió el Errol Flynn indio. Tenía pinta de tipo duro y hablaba como un tipo duro, pero había algo en el traje hortera y las joyas que le hacía parecer un poco… blando.

–Nombres –repitió Emmanuel.

–Amal –dijo el más joven rápidamente–. Yo me llamo Amal Dutta y éste es mi hermano, Parthiv Dutta.

–Quedaos donde estáis –ordenó Emmanuel, que dirigió la luz de la linterna hacia el suelo. Junto al charco de sangre había una botella de limonada volcada. A continuación, entre las sombras, Emmanuel distinguió los dedos agarrotados de una mano de niño. Casi parecían estar haciéndole un gesto para que se acercara. Un crío blanco yacía
en el suelo, con los brazos estirados y las escuálidas piernas cruzadas. Tenía un corte en el cuello de oreja a oreja, como una segunda boca.

Emmanuel reconoció a la víctima: era un niño inglés de unos once años, de un barrio marginal, que se ganaba la vida entre las putas y los vagones de carga. Jolly Marks. A saber si ése sería su verdadero nombre.

Emmanuel examinó el cuerpo de abajo arriba, empezando por las machacadas zapatillas de lona. Llevaba un uniforme militar con los puños doblados y las rodillas desgastadas. Tenía un cordón atado a una trabilla de los pantalones caquis y una mancha de sangre en la pretina. La mugre se extendía en forma de abanico por la camisa gris y se le acumulaba en las líneas de alrededor de la boca. El examen reveló la falta de algo en cada detalle del cadáver. La falta de dinero manifiesta en la ropa gastada de Jolly. La falta de higiene en el pelo enredado y las uñas mugrientas. La falta de un padre o una madre que pudiera impedir que un niño anduviera...


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